martes, 2 de marzo de 2021

¿QUÉ PASÓ ESTA SEMANA?

 

CINE: " I care a lot" de J. Blakeson

MÚSICA: "Sweet But Psycho & Poker Face" por J.Fla

UNA FRASE

VÍDEO: "3D Billboard" por riovacci

LA BELLEZA DE LAS FORMAS: "Estrella del ballet" ( 1876-77 ) de Edgar Degas. París, Museo d'Orsay

 


MIS TEXTOS: "ASTEROPEO"

 


ASTEROPEO

Yace sobre  la ribera del Janto el noble Asteropeo.

Su fuerte brazo no pudo arrancar aquella lanza clavada en la hierba.

                                                                Aquella que sólo su dueño podía blandir.

No retornarás con tus bravos peonios a la excelsa Amidón,

ni volverás a desoír los consejos y advertencias de tu divino abuelo Axio, el dios río.

                                                                                            Todo hilo a de ser cortado.

¿Qué fue del vigor de tus miembros, de tu juventud y tu fuerza?

¿Qué de tu gracia, tu arte con los caballos y tu ingenio?

Inexorable es el sino de  los que comen los frutos de la  tierra.

                                                      Inexorable es el curso trazado por  Moro y las Moiras.


BETO

                                                                   

LITERATURA: "En el Pasaje del Dragón" de Robert W. Chambers

 


EN EL PASAJE DEL DRAGÓN

(IN THE COURT OF THE DRAGON)

¡Oh! Vos a quien os arde el corazón por aquellos que arden

en el Infierno, cuyos fuegos vos mismo alimentáis a s u vez;

cuánto tiempo suplicaréis: “¡Tened piedad de ellos, Señor!”

porque, ¿quién sois para enseñar y Él para aprender?

 

En la Iglesia de St. Barnabé las vísperas habían terminado; el clérigo abandonó el altar; el pequeño coro de niños se arracimó en el presbiterio y se situó en la sillería del coro. Un suizo ataviado con un opulento uniforme desfilaba por la nave sur haciendo sonar su bastón sobre el pavimento de piedra cada cuatro pasos; tras el avanzaba el elocuente predicador y excelente hombre, Monseigneur C—.

Mi asiento estaba sobre la barandilla del presbiterio, y en ese momento volví la mirada hacía el extremo oeste de la iglesia. El resto de personas situadas entre el altar y el púlpito también se volvieron. Se escucharon unos leves crujidos de ropa y susurros mientras la congragación se sentaba de nuevo; el predicador subió las escaleras del púlpito, y la pieza inicial del órgano cesó.

Siempre me había parecido interesante sumamente la música del órgano de St. Barnabé. Era una ejecución experimentada y científica, demasiado quizás para mis conocimientos, pero que denotaba una vivida aunque fría inteligencia. Además, poseía el gusto francés: este reinaba supremo, digno y reservado.

Sin embargo, ese día, desde el primer acorde advertí un cambio a peor, un cambio siniestro. Durante las vísperas fue principalmente el órgano del presbiterio el que acompañó al bello coro, pero de vez en cuando, aparentemente de forma bastante caprichosa, desde la galería oeste donde está situado el gran órgano, unos pesados acordes atravesaban la iglesia y la serena paz de aquellas voces cristalinas. Era algo más que dureza y disonancia, aunque no se detectaba falta alguna de habilidad. Tras irrumpir el sonido una y otra vez, recordé algo que había leído en mis libros de arquitectura sobre la costumbre ancestral de bendecir el coro cuando se ha finalizado su construcción, pero la nave, que con frecuencia se acababa medio siglo más tarde, no recibía bendición alguna: me pregunté ociosamente si ese había sido el caso de St. Barnabé, y si algo que habitualmente no se suponía que debía habitar en una iglesia cristiana pudiera haber penetrado sin ser detectado o haber tomado posesión de la galería oeste . Había leído que cosas similares ocurrían también, pero nunca en obras de arquitectura.

Entonces recordé que St. Barnabé no tenía más de cien años de antigüedad y me sonreí por la incongruente asociación de supersticiones medievales con aquella alegre y pequeña obra de rococó dieciochesco.

Pero en esos momentos las vísperas ya habían finalizado, y tras ellas se suponía que debían sonar unos cuantos acordes reposados, apropiados para acompañar la meditación, mientras esperábamos el sermón. En su lugar, los acordes disonantes procedentes de la parte baja de la iglesia estallaron cuando el clérigo se marchó, como si ya nada pudiera controlarlos.

Pertenezco a una generación anterior y más simple a la que no le gusta buscar sutilezas psicológicas en el arte, y siempre me he negado a buscar en la música nada más allá que la melodía y armonía, pero tuve la sensación de que en aquel laberinto de sonidos que en esos momentos brotaba de aquel instrumento se estaba dando caza a algo. Lo perseguían de un lado a otro de los pedales, mientras  los teclados bramaban con aprobación. ¡Pobre diablo! Quien quiera que fuese, ¡poca ocasión de escapar parecía tener!

Mi malestar nervioso se tornó en ira. ¿Quién estaba haciendo eso? ¿Cómo se atrevía a tocar de esa forma en mitad del sagrado servicio? Miré a la gente que estaba cerca de mí: nadie parecía estar molesto en absoluto. Las plácidas frentes de las monjas arrodilladas, aún vueltas hacia el altar, no perdieron un ápice de su devota abstracción bajo la pálida sombra de sus tocas. La elegante dama que estaba a mi lado miraba con expectación a Monseigneur C—. Por lo que su rostro delataba, el órgano bien podría estar tocando un Ave María.

Pero ahora, por fin, el predicador hizo la señal de la cruz y pidió silencio. Me volví hacia él aliviado. Hasta el momento no había podido encontrar el descanso que había ansiado cuando entre a St. Barnabé esa misma tarde.

Estaba consumido por tres noches de sufrimiento físico y problemas mentales: la última había sido la peor, y era un cuerpo exhausto, una mente abotargada y a un mismo tiempo sensible, lo que me había llevado a visitar mi iglesia favorita para curarme. Porque había estado leyendo El Rey de Amarillo.

“Al salir el Sol se esconden y tienden en sus guaridas”*. Monseigneur C—. Pronunciaba su sermón con voz calmada y la mirada serena puesta en la congregación. Mis ojos se volvieron, no supe por qué, hacía la parte más baja de la iglesia. El organista salió de detrás de los tubos y paso junto a la galería de camino a la salida, y lo vi desaparecer por un pequeña puerta que conducía  a unas escaleras que llevaban directamente a la calle. Era un hombre delgado y su rostro estaba tan blanco como negro era su abrigo.

“¡Ya era hora!”, pensé, “¡a otro sitio con tu endemoniada música!” Espero que tu ayudante toque la pieza final del órgano”.

Con un sentimiento de alivio, con un profundo y sereno sentimiento de alivio, me volví de nuevo al afable rostro en el púlpito y me dispuse a escuchar. Aquí, finalmente, llegó la tranquilidad de mente que tanto había ansiado.

—Hijos míos —dijo el predicador—, la verdad que el alma humana encuentra más difícil de aprender que no tiene nada de temer. Nunca llega a entender que nada puede realmente herirla.

“¡Curiosa doctrina!”, pensé, “para un cura católico. Veamos cómo hace reconciliar eso con los Padres de la Iglesia”.

—Nada puede dañar el alma —continuó con su voz más fría y clara—, porque…

(*) Salmos 104,22. (N. de la T.)

Pero no llegue a oír el resto, mi ojo izquierdo se apartó de su rostro, no supe por qué razón, y busqué con él la parte más baja de la iglesia. El mismo hombre salió de detrás del órgano y atravesó la galería, igual que antes. Pero no había transcurrido suficiente tiempo para que hubiera regresado, y si lo había hecho, debería haberlo visto. Sentí un débil escalofrío, y mi corazón se encogió; sin embargo, sus idas y venidas no eran en asunto mío. Le miré: no podía apartar los ojos de su negra figura y su blanco rostro. Cuando se encontraba exactamente frente a mí, se volvió y a través de la iglesia me lanzó directamente a los ojos una mirada de odio, intensa y mortífera: nunca había visto en mi vida algo igual. ¡Ojalá no volviera a verlo jamás! Entonces desapareció por la misma puerta por la que la había visto marcharse hacía menos de sesenta segundos.

Me senté e intenté controlar mis pensamientos. Mi primera sensación era como la de un niño muy pequeño profundamente herido, aguantando la respiración antes de comenzar a llorar.

Encontrarme de repente a mí mismo siendo el objeto de semejante odio resultaba exquisitamente doloroso: y aquel hombre era un completo extraño.

¿Por qué podría odiarme de esa manera?…. ¿A mí, a quién nunca antes había visto? Durante unos instantes todas las otras sensaciones se fundieron en esa única punzada: incluso el miedo quedó subyugado por ese pesar, y durante unos instantes no vacilé ni un segundo, pero a continuación empecé a razonar, y una sensación de incongruencia vino en mi ayuda.

Como ya había dicho, St. Barnabé es una iglesia moderna. Es pequeña y bien iluminada; puede verse todo casi de un solo vistazo. La galería del órgano recibe una luz intensa desde una hilera de ventanales bajos en el triforio, que ni siquiera tienen vidrieras de colores.

Estando el púlpito en el centro de la iglesia, era lógico que, miraba hacia allí, cualquier cosa que se moviera en el ala oeste no pasase inadvertida a mi ojo. Cuando el organista pasó por segunda vez, no era de extrañar que lo viese: simplemente había calculado mal el intervalo entre su primera y segunda aparición. Había entrado esa vez por otra puerta lateral. En cuanto la mirada que tanto me había alterado, no había existido en absoluto, y yo era un idiota histérico.

Miré a mí alrededor. ¡Este era un lugar propicio para albergar horrores sobrenaturales! El rostro diáfano y razonable de Monseigneur C—, sus maneras comedidas y sus gestos pausados y elegantes, ¿no eran justamente un tanto incongruentes con cualquier noción de truculento misterio? Eché un vistazo por encima de su cabeza y casi me reí. Aquella dama al vuelo que sujetaba una esquina del palio del púlpito, semejante a un mantel de damasco con flecos en medio de un fuerte vendaval, en cuanto a un basilisco se posara sobre el órgano, le apuntaría con su trompeta de oro y le soplaría arrastrándole cualquier rasgo de existencia. Me reí a mí mismo de esta fantasía,  la cual, en esos momentos, me pareció muy divertida, y seguí sentado y burlándome de mí mismo y de todo los demás; desde la vieja harpía en la parte externa de la barandilla que me había hecho pagar diez céntimos antes de permitirme la entrada (ella se parece más a un basilisco, me dije, que mi organista de tez anémica): desde esa desabrida vieja dama, hasta; ¡ay, sí!, el mismísimo Monseigneur C—. Y es que toda devoción se me había esfumado. Nunca antes había hecho algo semejante en mi vida, pero ahora sentía el deseo de burlarme.

En cuanto al sermón, no podía escuchar una sola palabra, porque en mis oídos resonaban los versos:

Ha logrado emular a San Pablo

Predicando aquellos seis sermones de Resurrección,

Más solemnes que cualquier otro que haya predicado

… al tiempo que fantaseaba con los pensamientos más irreverentes.

No servía de nada seguir sentado allí por más tiempo: debía salir fuera y sacudirme de este odioso estado de ánimo. Era consciente de la descortesía que estaba cometiendo, pero aun así, me levanté y abandoné la iglesia.

Un sol de primavera brillaba en la rue St. Honoré mientras bajaba corriendo los escalones de la iglesia. En una esquina había una carretilla llena de junquillos amarillos, pálidas violetas de la Riviera, oscuras violetas rusas, y blancos jacintos romanos, entre una dorada nube de flores mimosa. La calle estaba llena de hedonistas de domingo. Balanceé mi bastón y reí junto al resto. Alguien me adelantó y pasó junto a mí, no se volvió en ningún momento, pero poseía la misma maldad mortal en su blanco perfil que había visto en sus ojos. Le observé hasta que se perdió de mi vista. Su flexible espalda irradiaba la misma amenaza; cada paso que lo alejaba de mí parecía conducirle a alguna misión conectada con mi destrucción.

Avancé arrastrándome, mis pies casi rehusaban moverse. Empezó a invadirme un sentimiento de responsabilidad por algo olvidado mucho tiempo atrás. Empezaba a tener la sensación de que me merecía aquello con lo que me amenazaba: se remontaba a mucho tiempo atrás. Había permanecido latente todos estos años, sin embargo, allí estaba, y pronto se alzaría y se enfrentaría a mí. Pero yo intentaría escapar, y avancé con dificultad lo mejor que pude por la rue de Rivoli, al otro lado de la Place de la Concorde, en el Quai. Contemplé con ojos enfermos el sol brillando a través de la espuma blanca de la fuente, derramándose por las espaldas del bronce oscuro de los dioses del río, por la estructura de amatista del lejano Arco, por las innumerables extensiones de grises troncos y ramas desnudas ligeramente verdes. Entonces lo volví a ver avanzando por la alameda de castaños del Cours la Reine.

Dejé la ribera del río, me zambullí ciegamente por los Campos Elíseos y giré hacia el Arco. El sol poniente desplegaba sus rayos por el verde césped del Rond-point: bajo la intensa luz él se sentó en un banco, niños y madres jóvenes le rodeaban, no era más que un paseante de domingo, como los otros, como yo mismo. Pronuncié las palabras casi en voz alta, y durante todo el tiempo observé el odio maligno en su rostro. Pero no me miraba a mí. Pasé a su lado y arrastre mis pies de plomo por la avenida. Sabía que cada vez que lo encontraba, él estaba más cerca del cumplimiento de su propósito y mi sino. Y aun así intentaba salvarme.

Los últimos rayos de la puesta de sol atravesaban el gran Arco. Pasé debajo de este, y me encontré con él de frente. Lo había dejado a bastante distancia en los Campos Elíseos y, sin embargo, avanzaba hacia mí con una riada de gente que regresaba del Bois de Boulogne. Se me acercó tanto que pasó rozándome. Su delgada figura parecía de hierro dentro de su holgada vestimenta.

No mostraba ningún signo de tener prisa, ni cansancio, ni ningún sentimiento humano. Todo su ser expresaba una sola cosa: la voluntad, y el poder de hacerme daño.

Angustiado, observé hacía donde se dirigía por la amplia Avenida atestada de gente e invadida por el brillo de ruedas y arreos de los cascos de los caballos y los yelmos de la Guardia Republicana.

Pronto se perdió de vista; entonces, di media vuelta y huí. Me dirigí a l Bois y lo sobrepasé con creces… No sé dónde fui, pero tras lo que me pareció un largo rato y cuando la  noche ya había caído terminé sentado a una mesa de una pequeña cafetería. Regresé al Bois. Ya habían pasado horas desde la última vez que lo había visto. La fatiga física y el sufrimiento mental  habían agotado mi capacidad de pensar o sentir. Estaba cansado, ¡tan cansado! Ansiaba esconderme en mi propia guarida. Decidí irme a casa, pero estaba a bastante distancia de allí.

Vivo en el Pasaje Dragón, un callejón estrecho que conecta la rue de Rennes con la rue du Dragón.

Es un “impase” que sólo puede ser atravesado por peatones. Sobre la entrada de la rue de Rennes hay un balcón sostenido por un dragón de hierro. Es este pasaje viejas casas altas  se alzan  a ambos lados y cerca de los extremos que desembocan a las calles. Durante el día unas enormes verjas permanecen abiertas en el profundo soportal de entrada, pero son cerradas a medianoche, y a partir de esa hora hay que entrar llamando a ciertas portezuelas laterales. Los baches en el pavimento acumulan indeseables charcos. Unas escaleras empinadas conducen a las puertas que se abren en el pasaje. Las plantas bajas están ocupadas por tiendas de comerciantes de segunda mano y talleres de forja. Todo el día el lugar resuena con el tintinear de  martillos y el repiqueo de barras de metal.

Aunque el primer nivel resulte ingrato, hay alegría, confort y trabajo duro y honesto en el nivel superior.

Cinco tramos de escalera más arriba están ubicados los estudios de arquitectos y pintores, y los escondrijos de estudiantes de mediana edad como yo mismo, que desean vivir solos. Cuando me mudé allí era joven y no estaba solo.

Tuve que andar un trecho antes de que apareciera algún transporte, pero finalmente, cuando ya casi había regresado al Arco dl Triunfo, un coche de alquiler vacío se acercó y lo tomé.

Desde el Arco hasta la rue de Rennes hay un trayecto de más de media hora, especialmente cuando uno es transportado en cabriolé tirado por un caballo cansado que ha estado a merced de los feriantes de domingo.

Transcurrió el tiempo suficiente para encontrarme con mi enemigo antes de que pasará bajo las alas del dragón, pero no lo vi ni una sola vez, y en ese momento ya tenía mi refugio al alcance de la mano.

Frente a la ancha verja jugaba un pequeño grupo de niños. Nuestro portero y su esposa paseaban entre ellos con su caniche  negro poniendo algo de orden; algunas parejas caminaban despreocupadas por las aceras de las calles adyacentes. Les devolví los saludos y me apresuré a entrar.

Todos los habitantes del pasaje habían abandonado la calle. El lugar estaba bastante desierto e iluminado por unas pocas farolas colgadas en lo alto en las que el gas ardía tenuamente.

Mi apartamento estaba en el piso más alto de una de las casas situada a mitad del pasaje, a las que se llegaba por unas escaleras que arrancaban casi a nivel de la calle y se conectaban a esta por un pequeño pasadizo; puso el pie en el umbral de la entrada y las amigables y ruinosas escaleras se alzaron ante mí, llevándome la descanso de mi refugio. Al girar la vista por encima de mi hombro derecho, le vi a unos diez pasos de mí. Debió entrar en el pasaje al mismo tiempo que yo.

Avanzaba en línea recta y con pasos que no eran lentos ni rápidos, simplemente se dirigían directos hacía mí. Y ahora me miraba. Por primera vez desde que se cruzaron en la iglesia, nuestras miradas se volvieron a encontrar, y entonces supe que había llegado la hora.

Retrocedí hasta la calle sin darle la espalda en ningún momento. Tenía intención de escapar por la entrada de la rue du Dragón. Sus ojos me indicaron que jamás escaparía.

Me pareció que pasan siglos mientras continuábamos así, yo retrocediendo hacía la salida, él avanzando por el pasaje en perfecto silencio. Pero, finalmente, noté la sombra del portal y, tras dar un paso más, me encontré debajo de este. Tenía la intención de girar allí y salir a toda velocidad hacía la calle. Pero la sombra que había sentido no era la del pasadizo; era la de una bóveda sin salida. Las enormes puertas que daban a la rue du Dragón estaban cerradas. Pude sentirlo por la oscuridad que me rodeaba y en ese mismo instante lo leí en su rostro. ¡Cómo brillaba en la oscuridad, acercándose a mí rápidamente! Las profundas bóvedas, las enormes puertas cerradas, sus frías abrazaderas de hierro estaban todas en su lado. La cosa  que me había amenazado por fin llegó: se recogía y se cernía sobre mí surgiendo de las sombras insondables; el punto desde el que me dirigía su ataque eran los ojos infernales del hombre. Desesperado, apoyé la espalda contra las puertas cerradas y la desafíe.

Se escuchó el ruido de las sillas arrastradas sobre el suelo de piedra y un crujido de ropas cuando la congregación se puso en pie. Podía oír el bastón del suizo en el pasillo sur, que procedía a Monseigneur C— en dirección a la sacristía.

Las monjas arrodilladas despertaron de su devota abstracción, hicieron una reverencia y se marcharon. La elegante dama, mi vecina, también se recogió con grácil recogimiento. Mientras se marchaba, su mirada se posó unos segundos en mi rostro con una expresión de reproche.

Medio muerto, o eso me pareció, y sin embargo intensamente consciente de cada detalle, permanecí sentado entre la muchedumbre que se movía pausadamente; después yo también me levanté y me dirigí hacía la puerta.

Me había quedado dormido durante todo el sermón. ¿Me había quedado dormido durante todo el sermón? Levanté la mirada y  lo vi atravesando la galería hacia su puesto. Tan solo vi su perfil; el delgado brazo doblado dentro de su manga negra parecía uno de esos diabólicos  e indescriptibles instrumentos que hay en las cámaras de tortura en desuso de los castillos medievales.

Pero yo había escapado de él, aunque sus ojos me habían expresado que no lo lograría. ¿Había escapado de él? Lo que le otorgaba poder sobre mí retorno del reino del olvido, donde había ansiado que permaneciese. Porque ahora lo conocía. La muerte y la terrible morada de almas perdidas, donde mi debilidad hacía tiempo que lo había desterrado… lo transformaron ante cualquier otra mirada, pero no ante la mía. Le reconocí casi desde el principio; nunca había dudado que había venido a hacer; y ahora, mientras mi cuerpo seguía sentado en la seguridad de la alegre y pequeña iglesia, sabía que había estado dando caza a mi alma en el Pasaje del Dragón.

Me arrastré hasta la puerta: las notas del órgano  sonaron por encima de la explosión. Una luz cegadora inundó la iglesia, ocultando el altar de mis ojos. La gente desapareció, los arcos, el techo abovedado se esfumaron. Alcé los ojos deslumbrados hacia el insondable resplandor y vi las estrellas negras en los cielos, y los húmedos vientos procedentes del Lago de Hali me congelaron en rostro.

Y ahora, muy lejos, sobre leguas de ráfagas de nubes en ascenso, vi la luna goteando rocío, y más allá, las torres de Carcosa se alzaron tras la luna.

La muerte y la terrible morada de las almas perdidas, donde mi debilidad hacía tiempo que lo había desterrado, lo transformaron ante cualquier otra mirada, pero no ante la mía. Y ahora escuché su voz, elevándose, aumentando, tronando entre la deslumbrante luz, y mientras caía, el resplandor aumentaba más y más, y se derramaba sobre mí en oleadas de fuego. Entonces me hundí en las profundidades, y oí al Rey de Amarillo susurrando a mi alma: “¡Es terrible caer en las manos del Dios vivo!”.